La colonia de las Acacias era el barrio más tranquilo de la ciudad: doce casitas bajas alrededor de una plaza redonda, numeradas en el sentido de las agujas del reloj, con una fuente seca en el centro y una acacia vieja delante de cada puerta. Allí nunca pasaba nada. Por eso, cuando Leire, su hermano Pablo y su amigo Sami salieron a pedir caramelos la noche de Halloween, no esperaban gran cosa.
En el número 1 les abrió doña Amalia, que vivía en la colonia desde niña y ya no salía sin su bastón. En lugar de caramelos, les dio una llave oxidada y una tarjeta escrita a pluma: «Las calabazas que sonríen dan caramelos. Las que no sonríen dan pistas. La primera os espera a la hora de la merienda».
—La merienda es a las cinco —dijo Pablo, muy seguro—. Siempre. Pero la calabaza del número 5 sonreía de oreja a oreja. La del 6, en cambio, tenía la boca tallada como una raya recta, seria como un juez. Debajo había un sobre: «La siguiente, a la hora en que nos mandaban a la cama».
—¿Y a qué hora mandaban a la cama a doña Amalia? —preguntó Sami. Fueron casa por casa. La calabaza del 7 sonreía; la del 8, también. La del 9 no. Entonces Leire se quedó quieta en mitad de la plaza y, por primera vez, vio la colonia como si la mirase desde arriba: doce casas en círculo, numeradas en orden, y algo clavado en el centro. —No es un barrio —susurró—. Es un reloj.
El sobre del 9 decía: «Y yo duermo donde las dos agujas se juntan a medianoche». —¡En la fuente! —gritó Pablo—. Las agujas siempre se juntan en el centro. Leire miró la fuente, de piedra maciza. —En el centro están juntas a todas horas —dijo—. Eso no sería una pista. Y echó a correr hacia lo más alto de la esfera.
Al pie de la acacia del número 12, las raíces se habían enroscado alrededor de algo duro. Cavaron con las manos y con la pala de la arena de Pablo hasta sacar una caja de lata. La llave oxidada encajó a la primera. Dentro había una fotografía en blanco y negro de doce niños disfrazados junto a la fuente, que entonces echaba agua, y doce cartas atadas con un cordel. En el sobre de arriba ponía: «Abrir el 31 de octubre de 2026. Ni un día antes».
Cada carta llevaba el número de una casa. La del 1 estaba firmada por una niña de diez años llamada Amalia: «A quien viva en mi casa dentro de sesenta años: espero que el barrio siga jugando». Cuando volvieron al número 1, doña Amalia ya los esperaba en la puerta, con el abrigo puesto y una linterna en la mano. —Hemos tardado sesenta años —dijo—. Ahora, a repartir el correo.