Llevaban ocho meses varados en Jamaica. Los dos barcos de Colón, comidos por la broma, un gusano de mar que agujerea la madera, estaban encallados en la playa y servían de cabañas. Quedaban más de cien hombres, y entre ellos Gaspar, un grumete de trece años que contaba los días con la punta de un clavo sobre una tabla. Meses atrás, Diego Méndez, el secretario del almirante, había salido en canoa a pedir ayuda a La Española. Nadie sabía si había llegado.
Hasta hacía poco, los taínos de la aldea vecina les habían llevado casabe, pescado y frutas a cambio de cascabeles, cuentas de cristal y peines. Pero en enero un grupo de marineros se amotinó, recorrió la isla y quitó la comida por la fuerza. Desde entonces los cestos dejaron de llegar. El cacique decía que ya no tenían nada que dar, y sus ojos decían algo más cansado: que ya no se fiaban.
Una noche, Gaspar encontró a Colón despierto, hojeando a la luz de una vela un libro de tapas gastadas. Era un almanaque de un sabio alemán, Regiomontano, con tablas que daban el día y la hora de cada eclipse de los años siguientes. El almirante marcó una página con el dedo y murmuró: «Aquí está». Luego habló en voz baja con su hermano Bartolomé, y los dos se miraron como quien acaba de encontrar una llave.
El 29 de febrero, al caer la tarde, Colón reunió al cacique y a otros jefes. Con la ayuda de un intérprete les dijo que su Dios estaba enfadado porque les negaban la comida y que esa misma noche se lo demostraría: la luna saldría encendida y roja. Los jefes se rieron. Nadie había visto nunca a un hombre dar órdenes a la luna.
Cayó la noche. Salió la luna, grande y blanca. Escondido tras una barca, Gaspar vio cómo una sombra empezaba a morderla por el borde, despacio, hasta tapar casi todo el disco. La luna se volvió del color del cobre. De la aldea subieron gritos y llantos, y los jefes corrieron hacia la playa.
—¡Almirante, haz que vuelva! —suplicó el cacique—. Te traeremos todo lo que pidas. Colón dijo que debía rezar y se encerró en su cabaña. Por una rendija, Gaspar lo vio dar la vuelta a un reloj de arena y no apartar los ojos de él. Cuando la arena casi se acabó, el almirante salió y anunció que Dios los perdonaría si cumplían su palabra. Entonces, por el borde, la luna empezó a recobrar su luz blanca.
A la mañana siguiente llegaron los primeros cestos. Gaspar, con el estómago vacío, se atrevió a preguntarle a Bartolomé: «¿Es verdad que el almirante manda sobre la luna?». Bartolomé miró el libro, que estaba sobre un baúl, y sonrió sin contestar.