En la estación Candil nada de lo que se dice se pierde. BIBA, la bibliotecaria de la estación, archiva libros, informes y, sobre todo, voces. Cada frase que alguien le dirige queda guardada en sus estantes con su fecha, su hora y el lugar donde se dijo. Tiene dos reglas grabadas en su programa: no dice nada falso y no presta lo que nadie le pide. Escuchar las grabaciones de otra persona exige permiso de archivo, y en Candil ese permiso solo lo tiene quien manda.
Noa Ibarra, inspectora, llegó desde Marte seis días después de la muerte de Bastián Oria, el ingeniero del oxígeno. Lo había encontrado Leire, la médica, en la esclusa 3, con el traje puesto y sin casco. El informe de la comandante Mireia decía «accidente». Añadía que, desde el apagón del 2 de marzo, cuando la estación pasó una hora entera a oscuras, sin luces ni relojes, varios sistemas fallaban. Pero Noa no venía por el informe. Dos días antes de morir, Bastián le había escrito: «Las cifras del oxígeno no cuadran. Ven en persona».
La comandante la recibió en el puente, la sala desde la que se gobierna Candil y se abren todas sus puertas. —El caso está cerrado —dijo—. Esa noche yo estaba aquí, de guardia, con dos oficiales. Si busca un culpable, hable con Goyo. Es el jefe de mantenimiento, el único que sabe abrir una esclusa sin dejar rastro. Y el registro de mantenimiento de esa noche está vacío.
Goyo no tenía coartada, o eso parecía. Pero BIBA guardaba una frase suya: a las 03:10, dos minutos antes de que se abriera la esclusa, alguien con su voz le había hablado desde la sala de lectura. Noa bajó allí. Era una sala pequeña, con cuatro sillones y un reloj enorme sobre la puerta. —BIBA, ¿qué te dijo Goyo a las 03:10? —«¿Qué hora es?».
—¿Estaba Goyo en la sala de lectura? —No lo sé. No tengo ojos, solo oídos. Recibí su voz. —¿Habías oído antes esa misma frase, con esa misma voz? Hubo un silencio corto, como el de alguien que busca en un estante muy alto. —Sí. El 2 de marzo, a las 11:40, en el comedor. Es idéntica: el mismo tono, las mismas pausas, la misma tos al final.
Nadie dice dos veces una frase exactamente igual. Una grabación, sí. Noa fue a ver a Goyo a su camarote. Esperaba excusas y encontró a un hombre cansado. —¿La sala de lectura? Esa noche no salí de aquí. Estaba solo, así que no puedo demostrarlo. Lo siento, inspectora: no tengo coartada.
Noa volvió a la biblioteca y se sentó bajo el reloj. Pensó en la frase de las 03:10: en quién podía haberla sacado de los estantes de BIBA, y para qué. Luego hizo la única pregunta que nadie había hecho. —BIBA, ¿quién ha escuchado la grabación del 2 de marzo? —Una sola persona —contestó la voz. Y Noa, esta vez, ya sabía qué nombre iba a oír.