➶ Aventura · · 2 min de lectura
La cámara de los murciélagos
Una cueva marina, una marea que sube y una pared que habla.
El agua ya les llegaba a las rodillas cuando Larraitz iluminó el pasadizo de entrada y comprendió que no iban a salir por allí. Fuera, la marea subía; dentro, la corriente empujaba con fuerza hacia el fondo de la cueva.
Esa mañana, en el puerto, Ramón, el viejo percebeiro, se lo había advertido: —Entrad con la marea bajando y salid antes de que pasen dos horas desde la bajamar, que hoy es a las doce. El pasadizo de entrada es lo primero que se inunda. Le dijeron que volverían a las dos, y a las once y cuarto entraron en la cueva con una linterna frontal, una barra de luz química de ocho horas y una tableta de chocolate.
Dentro, la cueva se abría en galerías. Trepando por unas rocas encontraron una cámara alta y seca, con cientos de murciélagos colgados del techo, junto a una grieta por la que se colaba un hilo de luz. Era tan estrecha que no habría pasado por ella ni un gato. Allí, entre dibujos de la roca y ecos, perdieron la noción del tiempo.
Cuando Larraitz sacó el móvil de la bolsa estanca, eran las tres menos veinte.
Ahora, con el agua en las rodillas, Iker señaló las paredes del pasadizo, cubiertas de percebes y algas hasta el mismo techo. —Nadamos. Son solo cincuenta metros.
Larraitz negó con la cabeza. Recordaba otra cosa: las paredes de la cámara alta, lisas y secas, sin una sola concha. —Volvemos arriba —dijo—. Allí el mar no llega. Y Ramón sabe que teníamos que volver a las dos.
En la cámara, Larraitz apagó la linterna frontal, que ya iba por la mitad de batería, y partió la barra de luz. Un resplandor suave tiñó la roca. Iker repartió el chocolate en ocho onzas exactas.
—La pleamar es hacia las seis —murmuró Larraitz—. Luego el mar empieza a bajar. Solo hay que tener paciencia.
¿La has entendido de verdad? Detective, El telar, La página que falta, Caza la contradicción y La galería te esperan.
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