✧ Ciencia ficción · · 1 min de lectura
Doce unidades
Invernadero Lindero-4, Marte. Una tormenta, una batería y una cuenta que no admite errores.
Lo último que había dicho su madre antes de subir al rover, tres días atrás, fue una frase que Luken creyó que nunca le haría falta: «En una tormenta, primero el aire; después, que te encuentren. Todo lo demás puede esperar».
A las seis de la tarde, hora de la colonia, la tormenta de polvo cubrió el invernadero Lindero-4 y la energía principal se cortó. Las luces de emergencia tiñeron el módulo de un rojo apagado. Julen, su hermano de diez años, se pegó a él.
—Batería de reserva activa —anunció la voz tranquila de NODO, la inteligencia del módulo—. Capacidad: doce unidades por hora durante las próximas diez horas. Consumos: reciclador de aire, seis unidades. Calefacción, cinco. Baliza de radio, cuatro. Lámparas del invernadero, ocho.
—Sin reciclador, el aire del módulo será respirable durante cuarenta minutos —continuó NODO—. Sin calefacción, la temperatura bajará a veinte grados bajo cero en una hora. La baliza debe emitir una hora completa para que el rover de rescate fije nuestra posición; llegará tres horas después de recibir la señal.
—¡Las tomateras! —gritó Julen—. Si pasan seis horas sin luz, se mueren todas.
Luken miró las bandejas: tres meses de trabajo. Luego miró la taquilla del fondo, donde colgaban dos trajes térmicos. Leyó la etiqueta: «Autonomía: cinco horas».
Respiró hondo, le tendió un traje a su hermano y se puso el otro.
—Escúchame, Julen. Vamos a hacerlo en orden.
Y empezó a dar instrucciones a NODO.
¿La has entendido de verdad? Detective, El telar, La página que falta, Caza la contradicción y La galería te esperan.
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