Hilando Líneas

☾ Leyenda · · 2 min de lectura

La campana de Sorrigán

Una leyenda de la costa, tal como la cuenta mi abuela.

En Sorrigán, cuando un niño cumple siete años, baja con su familia al espigón y arroja al mar una pequeña pieza de metal: un botón, un clavo, una llave vieja. Mi abuela dice que es para que la campana lo conozca. Y esta es la historia que cuenta.

Hace mucho tiempo, el pueblo quiso tener una campana que avisara de las tempestades. Como no había dinero para comprar bronce, cada vecino entregó algo de metal: anillos, dedales, herraduras, hebillas. Martín, un niño que no tenía nada más, dio la llave del barco de su padre, al que el mar se había llevado el invierno anterior. Solo el señor de la torre, que vivía al otro lado de la bahía, no dio nada. «Cuando esté hecha», dijo, «será mía».

Aldara, la fundidora, trabajó tres días y tres noches. Al terminar, dijo: —Esta campana solo cantará para quienes pusieron en ella algo de sí mismos.

El señor, que presumía de oír un halcón a una legua, se rio. Una semana después, sus hombres se llevaron la campana en una barcaza para colgarla en su torre. A mitad de la bahía estalló una tormenta y la barcaza se hundió con su carga. Los hombres se salvaron a nado; la campana se quedó en el fondo.

Desde entonces, antes de cada temporal, los vecinos oyen tañer la campana bajo el agua, y nadie sale a faenar. Un otoño, con el cielo todavía limpio, el señor se burló de los pescadores que amarraban sus barcas y salió solo a pescar.

Aquella noche, Martín, ya un muchacho, oyó la campana más fuerte que nunca. Corrió al espigón con un farol, y lo que vio en el horizonte fue una barca diminuta luchando contra las olas.

¿La has entendido de verdad? Detective, El telar, La página que falta, Caza la contradicción y La galería te esperan.

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