Hilando Líneas

☾ Leyenda · · 2 min de lectura

La Señora de Anboto

Una leyenda vasca sobre Mari, la dama de las montañas, y las tres normas para hablar con ella.

Aquel verano no llovió en el valle de Arratia. Los prados se volvieron amarillos y las ovejas bebían del último charco del arroyo. Una tarde, el abuelo Joxe miró hacia la peña de Anboto y dijo lo que nadie se atrevía a decir: —La Señora no está en su cueva. Cuando Mari está en Anboto, llueve.

Cuentan que Mari vive en las cuevas de las montañas y que viaja de una a otra por el cielo, convertida en una bola de fuego. Cuentan también que escucha a quien sube con una petición honrada, siempre que cumpla tres normas: hablarle de tú, como a una vecina, y nunca de usted; no sentarse en su presencia; y salir de la cueva como se entró, de cara a ella, caminando hacia atrás.

Ainhoa y su primo Kepa, los dos de doce años, decidieron subir a Anboto a pedirle que volviera. Pero no juntos: cada uno quería ser quien trajera la lluvia. Kepa salió al amanecer y llegó primero.

A la entrada de la cueva, una mujer de pelo larguísimo se peinaba con un peine de oro. Kepa, agotado por la subida, se sentó en una piedra para recuperar el aliento. Luego dijo con su voz más educada: —Señora, le ruego que usted nos mande la lluvia, si es tan amable. La mujer lo miró sin dejar de peinarse y no dijo nada. Kepa esperó un rato, se dio la vuelta y bajó corriendo por el sendero.

Ainhoa llegó al atardecer. Se quedó de pie, aunque le temblaban las piernas, y habló como le hablaría a una vecina: —Mari, el valle tiene sed. ¿Nos mandas lluvia? La mujer dejó el peine sobre una roca. Ainhoa le dio las gracias y se alejó paso a paso, hacia atrás, sin dejar de mirarla, tropezando con las piedras, hasta que el sendero torció.

Esa noche, en casa, Kepa contaba a todo el que quisiera oírlo que Mari lo había escuchado a él: «Le hablé con todo el respeto del mundo, de usted y con un “se lo ruego”». Ainhoa no dijo nada. Y el abuelo Joxe, desde la ventana, vio una bola de fuego cruzar el cielo hacia Anboto.

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