✦ Misterio · · 2 min de lectura
La mecha blanca
Una casa de huéspedes, un apagón de media hora y un sobre que no debía abrirse hasta mañana.
La luz se fue a las diez menos veinte, con el primer trueno. En la casa de huéspedes El Mirlo se apagaron a la vez las lámparas, la radio de la cocina y las farolas de la calle. Nerea, que tenía once años y el oído de un búho, se quedó quieta en lo alto de la escalera, escuchando la lluvia contra las ventanas.
Aquella tarde había llegado un sobre muy especial. Dentro estaba el nombre del ganador del concurso de relatos de las fiestas, y Amparo, la presidenta del jurado, lo había dejado sobre la mesa del recibidor, cerrado con lacre rojo: «Se abre mañana a las doce, en la plaza, delante de todos». Esa noche dormían en la casa tres huéspedes: la propia Amparo; Tomás, el cocinero que había venido a preparar la comida de las fiestas; y Valeria, que se presentaba al concurso con un relato sobre una gaviota.
Al irse la luz, Tomás encendió una vela en el recibidor, junto al sobre, para que nadie se tropezara en la escalera, y volvió a la cocina a vigilar el cacao, que se calentaba en el fogón de gas. La madre de Nerea repartió velas nuevas para las habitaciones. Valeria subió la suya a su cuarto.
La luz volvió a las diez y diez. Nerea bajó a por un vaso de agua y lo vio enseguida: el lacre del sobre estaba partido en dos. Alguien lo había abierto y lo había vuelto a dejar en su sitio. El papel, blanco, seguía limpio, sin una sola mancha. A su lado, la vela del recibidor, todavía encendida, se había consumido hasta la mitad, y Misi, la gata, dormía en el sillón.
—Ha sido la gata —dijo Tomás, que salió de la cocina con las manos manchadas de cacao—. Siempre se sube a las mesas.
—Yo no he salido de mi cuarto —dijo Valeria desde la escalera—. He estado leyendo a la luz de la vela toda la media hora.
Un rato después, Nerea subió a llevarle una toalla. Sobre la mesilla de Valeria estaba la vela que le había dado su madre: entera, recta, con la mecha blanca, como recién sacada de la caja. Nerea dejó la toalla, dio las buenas noches y bajó a buscar a Amparo.
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