✦ Misterio · · 3 min de lectura
Tres golpes
Cinco desaparecidos, cinco noches de difuntos y un vaso de agua que nadie llegó a beber.
Cinco personas habían desaparecido sin dejar rastro, y ninguna conocía a las demás. Vivían en barrios distintos, se llevaban décadas de edad y no compartían trabajo, familiares ni amistades. Solo las unía una fecha: cada una se había esfumado la noche del 31 de octubre, una por año, cinco años seguidos.
La inspectora Herbella llevaba semanas con los expedientes abiertos. En ninguna casa había señales de violencia. Las puertas estaban cerradas por dentro, con la llave echada, y las carteras, los móviles y las joyas seguían en su sitio. Era como si sus dueños se hubieran marchado sin cruzar la puerta.
Aquella noche de difuntos, la comisaría se había quedado vacía. Una corriente de aire frío levantaba las esquinas de los documentos de su escritorio, pero estaba demasiado concentrada para prestarles atención. Se sirvió un vaso de agua, lo dejó junto al flexo y volvió a las fotografías sin probarlo.
En la primera casa, unas hojas secas salpicaban la alfombra del salón. En la tercera, una cortina había acabado enredada en una lámpara de pie. «Nimiedades», había escrito a mano el agente que firmó el informe. Herbella las rodeó con un círculo rojo.
Después abrió la grabación de la cámara doméstica de la última víctima, una profesora jubilada. La mujer leía en su sillón. En un momento dado se levantaba y salía del encuadre; al volver, las páginas del libro empezaban a pasar solas. Se ausentaba otra vez, regresaba con un vaso y lo dejaba en la mesita antes de seguir leyendo. Poco después sonaban tres golpes.
—Ya voy —decía la mujer, sin levantar la vista del libro. Ahí terminaba la grabación.
Herbella repasó las declaraciones de los vecinos. En otros tres casos, alguien había oído aquella noche tres golpes secos y, después, la misma respuesta: «Ya voy».
Volvió a las fotos y, por primera vez, comparó los muebles en lugar de las caras. En todas las mesas había un vaso de agua lleno hasta el borde. Le vino a la memoria la aldea de su abuela y la noche en que murió su abuelo, cuando ella era niña. Alguien abrió la ventana del cuarto «para que el alma pudiera salir» y otra mano dejó en la mesilla un vaso de agua «para la sed del camino». Nadie lo tocó en toda la noche. Aquel vaso era del difunto.
Entonces llamaron a la puerta del despacho.
Toc, toc, toc.
—Ya voy —respondió ella, sin apartar los ojos de la pantalla.
Amplió la última foto. Las cortinas: en todas las casas estaban vencidas hacia el interior. Las hojas secas, la cortina enredada, las páginas que pasaban solas… Herbella sintió que se le helaba la sangre. Miró los papeles que se agitaban sobre su escritorio, la cortina hinchada a su espalda, el vaso intacto junto al flexo.
Al otro lado de la puerta volvieron a sonar tres golpes, más despacio.
La inspectora se abalanzó sobre el vaso y se bebió todo su contenido de un trago, hasta la última gota.
Los golpes cesaron. Al cabo de un momento, oyó unos pasos que se alejaban por el pasillo, sin prisa, como los de alguien que se ha equivocado de casa.
¿La has entendido de verdad? Detective, El telar, La página que falta, Caza la contradicción y La galería te esperan.
Jugar esta historia