✦ Misterio · · 2 min de lectura
Las cuatro casas de Villacián
Villacián: cuatro casas, una tormenta y una luz amarilla en una ventana donde nadie vive.
Cuando Miriam, Ignacio y Josu llegaron a Villacián, la tormenta ya se había adueñado del pueblo. Bajo los relámpagos aparecían y desaparecían sus cuatro casas, todas con una puerta abierta a la calle y otra escondida en la parte de atrás. En el centro se alzaba la casa familiar de Miriam. A un lado había otras dos, habitadas por parejas de ancianos; al otro, una cuarta que nadie parecía querer nombrar: muros ennegrecidos, tejado hundido y una maleza que parecía querer tragársela. Desde el coche, Miriam saludó con la mano a una de esas parejas, que los observaba desde la ventana de la casa más alejada.
La casa familiar era de piedra oscura, con un sendero que moría en un pequeño porche. Al bajar del coche, la otra pareja, la de la vivienda contigua, salió a recibirlos y dio dos besos a Miriam. Antes de despedirse, el anciano se inclinó y le susurró algo al oído. Ella respondió con una sonrisa pícara, de las que guardan secretos. Detrás, un patio cercado por un muro bajo se abría, por una vieja puerta, al bosque.
Durante la cena, un trueno hizo vibrar los cristales. Ignacio se asomó a la ventana y se quedó quieto: tras un vidrio negro de la vivienda abandonada temblaba una luz amarillenta. Miriam les contó entonces la historia. Cien años atrás, un incendio había devorado su interior. Allí vivían un matrimonio y su hija Sonia, de siete años. Cuando los vecinos apagaron las llamas, no encontraron a ninguno de los tres. Nadie había vuelto a habitarla.
Josu se rio y aseguró que la familia habría vuelto para celebrar el aniversario.
A medianoche, con la última campanada del reloj de cuco, la casa se apagó de golpe. Desde las ventanas comprobaron que, en todo Villacián, solo seguía encendida la vivienda incendiada. Tras unos minutos de silencio, Miriam e Ignacio, que sabían algo de electricidad, bajaron al sótano a revisar el cuadro eléctrico, con las linternas de los móviles como única luz. Apenas abrieron la puerta, un grito recorrió la casa.
Subieron corriendo. Josu estaba pegado a la pared, sin voz. En mitad del salón había una niña cubierta de hollín, con el vestido quemado y la piel encendida por un resplandor rojizo, como si bajo ella aún respirasen las brasas. Ignacio se escondió detrás de Miriam. Sonia los miró uno a uno.
—¿Queréis jugar conmigo? —preguntó, y empezó a reír.
Fuera, junto a la puerta principal, dos risas ancianas le respondieron al unísono. Ignacio y Josu retrocedieron. Miriam, en cambio, observó a la niña un instante, levantó la mano y le chocó los cinco.
¿La has entendido de verdad? Detective, El telar, La página que falta, Caza la contradicción y La galería te esperan.
Jugar esta historia