❦ Fantasía · · 3 min de lectura
La bruja que vendía minutos
Solo abre mientras suenan las doce campanadas de la noche de difuntos. Y no acepta dinero.
En Valdecierzo todo el mundo sabía que dentro de la torre del reloj había una tienda, aunque nadie la hubiera visto nunca de día. Solo abría la noche del 31 de octubre, mientras sonaban las doce campanadas, que allí dentro duraban lo que ella quisiera, y la atendía una bruja diminuta a la que llamaban doña Clepsidra. Vendía minutos.
Los guardaba en frascos de cristal, un minuto en cada uno, con una etiqueta que ella escribía al dictado del comprador. Quien rompía un frasco ganaba un minuto entero en el momento que quisiera: para terminar un examen, para alcanzar un tren o para decir lo que no le había dado tiempo a decir. La bruja recitaba tres normas a cada cliente. Los minutos solo sirven hacia delante, nunca para volver atrás. Se pagan con un recuerdo de un minuto, que se pierde para siempre. Y si el comprador muere sin gastar el suyo, el frasco vuelve a la tienda y solo puede venderse a alguien que todavía lo recuerde.
Esta es la historia de hoy. Sigue leyendo en el juego, supera los cinco retos y vuelve mañana para el desenlace.
¿La has entendido de verdad? Detective, El telar, La página que falta, Caza la contradicción y La galería te esperan.
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