Hilando Líneas

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Calabazas que valen más que su peso

Crónica · Halloween cambia el negocio de una huerta toledana. Y, en su laberinto de maíz, algo se mueve los fines de semana.

VILLALUZ DEL TAJO (Toledo). Durante cuarenta años, la familia Robles cultivó calabaza para guisar: la de tipo cacahuete, la de las cremas y los purés, que es la más plantada en España. Se siembra en mayo o junio, se recoge en septiembre y octubre y se vende al peso. «A nosotros nos pagaban unos veinte céntimos el kilo, y gracias», recuerda Encarna Robles, de 63 años.

Hace tres años, su hija Laura le propuso una locura: dedicar una de sus seis hectáreas a las calabazas naranjas de Halloween, abrir la finca los fines de semana de octubre y dejar que las familias recogieran la suya directamente de la mata. En Estados Unidos lo llaman pumpkin patch. En España ya funcionaba en fincas de Madrid y Toledo, con entradas de entre 20 y 23 euros y sesiones agotadas. Una de ellas, en Ugena, esperaba unos 4.000 visitantes la temporada pasada.

Aquí la entrada cuesta 21 euros e incluye una calabaza, una mazorca asada, un paseo en remolque y un laberinto de maíz. Laura cobra en la puerta y conduce el tractor. «Una calabaza de estas pesa cinco o seis kilos. Al peso me darían poco más de un euro por ella», calcula Encarna. «La gente no paga la calabaza. Paga la tarde».

El cambio no es cosa de una sola huerta. España cultiva unas 4.000 hectáreas de calabaza, sobre todo en Levante y en Castilla-La Mancha, y en 2023 sus exportaciones marcaron un récord de más de 41 millones de euros, más del doble que en 2014, según la asociación de exportadores FEPEX. Un productor valenciano contaba que había aumentado entre un 50 y un 60 % su cosecha para Halloween y que, aun así, nunca le llegaba. Con todo, la calabaza de Halloween sigue ocupando muy poca superficie: la mayoría acaba en la cazuela.

No todos en casa lo vieron claro. El abuelo, Fermín, de 88 años, se negó a participar. «Las calabazas son para comer, no para hacerles caras», sentenció, y desde entonces asegura que los sábados se va al bar del pueblo a jugar al tute. Lo que sí se ha hecho famoso es el espantapájaros del laberinto. Lleva boina y una pipa apagada en la boca y, según juran los niños, se mueve: a unos les ha guiñado un ojo y a otros les ha señalado la salida cuando se perdían.

Laura se encoge de hombros cuando le preguntamos. «Es de paja», dice. Encarna se ríe y cambia de tema. El lunes, con la finca ya cerrada, el espantapájaros descansa tirado junto al granero, sin boina ni pipa. A esa misma hora, Fermín se sienta a la puerta del granero a fumar en pipa, y a Encarna le toca, como cada lunes, sacudirle unas briznas de paja de la boina, que según él se le pegan en el autobús.

Este año, la huerta abrirá también la noche del 31 de octubre, con linternas. Encarna ya ha hecho números: el año que viene plantará menos calabaza para guisar y más de la naranja. «Vendemos menos kilos y ganamos más», resume. El abuelo no opina. Pero el sábado por la tarde, cuando llegue el primer autobús de familias, alguien, en mitad del laberinto, volverá a señalar la salida.

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