§ Historia · · 3 min de lectura
El nabo que cruzó el océano
Boston, octubre de 1903. Basado en el origen irlandés de las linternas de Halloween.
Eileen llevaba tres meses en Boston y todavía le parecían extrañas muchas cosas: los tranvías eléctricos, el estruendo del puerto, la prisa de la gente. Pero ninguna tanto como aquellas calabazas enormes que los vecinos vaciaban en octubre para meterles una vela dentro. —En Irlanda usábamos nabos —le dijo su abuela Bríd, mientras tallaba una cara diminuta en uno del tamaño de un puño.
—¿Para qué? —Hace muchísimo tiempo, nuestros antepasados celebraban Samhain, la noche en que terminaba la cosecha y empezaba la mitad oscura del año. Se decía que esa noche la frontera entre los vivos y los muertos se volvía fina como un velo. Se encendían hogueras, y la gente se disfrazaba para que los espíritus no la reconocieran.
Le contó también la historia de Jack el Tacaño, que engañó al diablo tantas veces que, al morir, no lo quisieron ni en el cielo ni en el infierno. El diablo le arrojó una brasa para que se alumbrara, y Jack la metió en un nabo hueco. Desde entonces vaga por los caminos con su farol. —Por eso les tallamos caras: para que los que vagan se asusten y pasen de largo. Con los siglos, la Iglesia puso en esas fechas la fiesta de Todos los Santos, y a su víspera la llamaron All Hallows' Eve. De ahí viene Halloween.
Antes de terminar, la abuela talló en la frente del nabo una pequeña media luna. —Es la marca de los Byrne de Ballyvaughan —explicó—. La tallaba tu bisabuelo, la tallaba tu abuelo y la tallaba tu padre. Así, cualquiera de los nuestros sabe que en esa casa vive gente de casa.
El padre de Eileen se había marchado a América dos años antes, en busca de trabajo, con la promesa de mandar a por ellas. Sus cartas llegaron puntuales durante un año, la última desde Boston, y luego dejaron de llegar. Cuando se acabó el dinero, la abuela vendió la vaca y compró dos pasajes. Ahora vivían en una ciudad enorme, en la que él no sabía que estaban y ellas no sabían dónde estaba él.
Aquella tarde, Eileen colocó el nabo en el escalón del portal, con una vela dentro, entre las calabazas gigantescas de los vecinos. Parecía un ratón entre elefantes. A la mañana siguiente, el nabo había desaparecido. En su lugar había una calabaza enorme, tallada con una sonrisa torcida de un solo diente.
Eileen pensó que algún niño del barrio se estaba burlando de ella. Pero la abuela, al verla, se llevó la mano a la boca. En la frente de la calabaza había una media luna. Rebuscó en el baúl y sacó una fotografía doblada en la que un hombre joven sonreía enseñando un diente algo torcido. —Tu padre siempre tallaba esa sonrisa —dijo—. La suya.
Eileen salió corriendo a la calle. Junto a la verja esperaba un hombre flaco, con la gorra en una mano y el pequeño nabo en la otra. —Aquí las calabazas se vacían mejor —dijo, con la voz rota, y le enseñó el nabo como quien enseña una carta. Eileen lo abrazó tan fuerte que la gorra cayó al suelo. Aquel día entendió que las tradiciones cruzan el océano y cambian de aspecto, y que no todas las luces de octubre sirven para espantar a los que vagan. Algunas sirven para que encuentren el camino a casa.
¿La has entendido de verdad? Detective, El telar, La página que falta, Caza la contradicción y La galería te esperan.
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