Hilando Líneas

❦ Fantasía · · 1 min de lectura

Las voces del Hayedo

Un bosque que imita las voces que conoce y cuatro normas que nadie debería olvidar.

Hacía media hora que el tío Ezequiel y Lía habían bajado al arroyo a llenar las cantimploras cuando la hoguera se apagó con un suspiro. Bruno se quedó solo junto a la tienda, con la luna llena colgada sobre las copas de las hayas.

Antes de salir de casa, la abuela Remedios les había repetido las normas del Hayedo, como hacía cada otoño. La primera: de noche, el bosque imita las voces que conoce. La segunda: nunca respondas si una voz te llama por tu nombre. La tercera: mientras arda una hoguera, el bosque calla. Y la cuarta: si te pierdes, busca el arroyo y síguelo cuesta abajo, porque los árboles cambian de sitio, pero el agua no.

Bruno, que tenía doce años, se había reído un poco de las normas. Lía, que tenía nueve, no: se las sabía de memoria. Por eso, en el bosque, nunca llamaba a su hermano por su nombre. Lo llamaba «Nube», como en casa desde que aprendió a hablar.

Entonces la oyó. Venía de lo alto de la ladera, de entre los árboles más oscuros, cuesta arriba: «¡Bruno! ¡Bruno, ven, que me he perdido!». Era la voz de Lía. Exacta. Hasta la forma de alargar la última sílaba cuando estaba asustada.

Bruno dio un paso hacia el bosque. Luego otro. Y se detuvo. Miró la hoguera apagada; miró hacia arriba, hacia la voz; y luego hacia abajo, hacia donde se oía correr el arroyo.

No contestó. Se arrodilló junto a las brasas, sopló con todas sus fuerzas y les echó un puñado de ramitas secas. Cuando la primera llama se levantó, la voz de la ladera se cortó a mitad de palabra.

¿La has entendido de verdad? Detective, El telar, La página que falta, Caza la contradicción y La galería te esperan.

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