Hilando Líneas

☾ Leyenda · · 2 min de lectura

Los pies limpios

La montaña asturiana, noche de difuntos. Basado en la Güestia, la procesión de las ánimas que, según la tradición, recorre los caminos.

En Valdecubo, un pueblo de la montaña asturiana, la abuela Celsa repetía cada otoño las normas de la Güestia, como quien recuerda dónde guarda las llaves. —La noche de difuntos pasan los muertos, en fila, vestidos de blanco y con una vela. Delante va un vivo con la cruz, condenado a guiarlos hasta que otro se la coja. Si te los cruzas, haz un círculo en el suelo y métete dentro. No aceptes nada: ni la mano, ni la vela. Y fíjate en sus pies, que los muertos traen en ellos la tierra del camposanto.

Lino tenía trece años y aquella noche le tocó bajar las vacas del monte, porque amenazaba tormenta. Volvía por el camino del molino, con el cayado en la mano, cuando vio las luces.

Era una fila de figuras blancas que avanzaban en silencio, cada una con una vela que no temblaba aunque soplaba el viento. Delante, un hombre del pueblo de al lado cargaba una cruz de madera, con la mirada perdida. Lino se apartó a la cuneta y, con la punta del cayado, trazó un círculo en el barro. Luego, como le había enseñado su abuela, les miró los pies.

Todos los llevaban manchados de tierra oscura hasta los tobillos, también el hombre de la cruz. Todos menos la última figura: sus pies estaban blancos y limpios, como si nunca hubieran pisado un camino. Cuando la luz de la vela le iluminó la cara, Lino la reconoció. Era Rosario, la hija del molinero, que había desaparecido justo un año antes, otra noche de difuntos, al volver del molino. Solo encontraron su pañuelo, enganchado en la orilla del pozo.

Lino sintió una alegría tan grande que se olvidó del miedo. Si Rosario no traía tierra en los pies, no estaba muerta. La Güestia se la llevaba, como al hombre de la cruz, y él podía salvarla. —¡Rosario! —gritó desde el círculo—. ¡Para! ¡Estás siguiendo a los muertos!

La procesión se detuvo. Rosario giró la cabeza despacio y le sonrió con una tristeza que le heló la sangre. —Ya lo sé, Lino. Llevo un año esperando a mi sustituto. Le tendió la vela, que no soltaba ni una gota de cera. —Cógemela un momento, anda. Tengo las manos heladas.

Lino ya había sacado medio brazo del círculo cuando le cruzó la cabeza la voz de su abuela: ni la mano, ni la vela. Se tiró al suelo boca abajo, dentro de la raya, con los ojos cerrados y el corazón golpeándole contra la tierra. Oyó pasos que no hacían ruido. Al pasar junto al molino, la luz de Rosario se inclinó un instante hacia el pozo y siguió camino. Cuando Lino levantó la cabeza, no quedaba nadie. En el barro no había ni una sola huella.

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